Era una tarde soleada y Juanito y Miguel hacían lo que mejor sabían, corrían por el jardín, disparándose las pelotitas de colores con sus pequeñas pistolas de juguete, en una rara guerra en que los participantes reían y morían y resucitaban alternativamente.
Don Arturo miraba desde su mecedora cubierto con una manta, y sonreía, recordando juegos pasados, en ese mismo lugar. De pronto, el juego cambió y ahora Juanito era un famoso centrodelantero, que se encontraba en un estadio repleto hasta los bordes con la mitad de fanáticos de los Amarillos, su equipo, y la otra mitad de Verdes, alentando estos últimos a su experimentado portero, Miguel, quien les había salvado innumerables veces de peligrosas situaciones.
Juanito paró un momento para acomodar el balón en el punto penal, y oyó por última vez el rugido de sus fanáticos y el abucheo de los contrarios, y tomando carrera, golpeó el balón con todas sus fuerzas. Debo decir, en defensa del portero, que su estirada fue estupenda. Si Nino, el gato gris listado de la casa, hubiese estado mirando el partido, de seguro habría sentido una envidia tal que el verde color de sus ojos se hubiese tomado todo su pelaje. Pero a pesar de los esfuerzos de Miguel, el balón se coló en la portería de camelias, Juanito corrió hacia su barra a celebrar, pero en vez de oír el esperado grito de gol, solo oyó un agudo ¡¡¡CRASHH!!!.
Don Arturo sacado de sus sueños y cavilaciones, comenzó a despotricar en contra de los inquietos, descuidados y malintencionados barrabases que rompían los vidrios de las casas, y agitaba amenazadoramente su bastón buscando a los dos jugadores, que, al parecer, se habían esfumado en el aire. Mientras tanto, Panchita, la tortuga de tierra, miraba y se reía para sus adentros, mientras evocaba un ya viejo recuerdo de un muchachito de engominado cabello, blanca camisa y pantalón corto con tirantes, escondido entre las ramas de un árbol, para escapar de una situación similar…
-Ay, se decía mientras reía, -estos jovencitos no cambiarán nunca…
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