octubre 26, 2008

octubre 15, 2008

Luna Mineral

Tras el velo de luz que la tenue luna esparcía por las calles, caminaba solo un hombre al que nadie se atrevía a saludar. Decían que cosas terribles ocurrían a quienes osaban cruzar la mirada con ese que vagaba por las calles las noches de luna llena.
Los viejos ya no le temían, sólo bajaban la vista cuando se topaban con el, más los niños y las mujeres se ocultaban en sus casas apenas se escuchaban sus pasos por la calle después que el sol se ocultaba y la luna amenazante se alzaba pálida sobre las cabezas de los pobladores.
Ciertas noches, a parte de la misteriosa presencia de aquel que deambula bajo la luna, se escuchaban extraños sonidos, inconcebibles para el oído humano, e incapaces de provenir de cualquier bestia creada por la mano de Dios.
Una de esas noches yo, turista desprevenido, y a la vez incrédulo de las advertencias hechas por los pobladores, salí a caminar por el pueblo una de esas peculiares noches.
Pobre gente sencilla y limitada de pensamientos, temerosos de esta luna. – Pensaba, mientras cruzaba las calles, caminando tranquilo, viendo como le miraban con estupor a través de las ventanas y los viejos meneaban la cabeza con desaprobación, incluso con lástima, o hacían gestos con las manos señalando la locura que estaba a punto de cometer.
Así seguía caminando por las calles de piedra y casas de barro del pequeño pueblo. Tiempo atrás fue un importante asentamiento minero, ahora solo quedaban ruinas y recuerdos de la prosperidad de que había gozado antaño.
Muchos decían que acabó toda su racha el día en que encontraron una misteriosa galería al final de la mina y donde murieron todos aquellos valerosos mineros que hurgaban en las entrañas de la tierra por las riquezas y secretos de este mundo, quizás también de otro.
Las ancianas creían que sus esposos cavaron tanto que encontraron una puerta a otro mundo desconocido y terrible. Sólo uno de los mineros había sobrevivido a la tragedia, sólo aquel que había llegado a lo mas profundo. Pero tiempo después no se le vio más de día, solo se le veía caminar por las calles durante las noches, fuera de todo juicio. Hasta que desapareció definitivamente.

Todo esto recordaba haberlo leído o escuchado antes de llegar al pueblo. Tan solo supersticiones y folklore campesino, pensé.

De pronto encontré a otro ser solitario que deambulaba por el pueblo, mas bien una silueta recortada por la luz de la luna, a un par de manzanas de allí.
Se le veía caminar con dificultad, casi cojeando, y dejando un oscuro rastro tras de si.

Cuando ya estaba a unos cuantos metros de la misteriosa figura, aparecieron desde las sombras unos seres informes evocando guturales y desconocidos sonidos. No sería capaz de clasificar esos ruidos como gritos, bramidos o gruñidos, era algo totalmente desconocido para mi oído.
Las abominaciones y el misterioso hombre se batieron a duelo con insospechada violencia. De pronto la lucha acabo de súbito, cuando las bestiales criaturas se evaporaron después de un gigantesco destello lunar expelido por el hombre a través de sus ojos. Tras lo cual caia al suelo rendido y devastado.

Me acerqué a él para verlo de cerca y comprobar si seguía aun con vida.

Extraña fue mi sorpresa al encontrarme con aquel hombre, cubierto de una especie de mineral que reaccionaba con la luz de la luna y cuyos ojos resplandecían con su reflejo.
Dijo unas palabras en una lengua que no comprendí y luego perdí el conocimiento.

Dos días más tarde el pueblo completo comentaba mi desaparición tras mi caminata nocturna y la fantástica reaparición de aquel turista perdido tres años atrás en semejantes circunstancias.
Claro que yo seguía en el pueblo, pero ahora me sentía muy distinto a mi paseo nocturno. Estaba cubierto de ese extraño mineral y mi cuerpo entero reaccionaba distinto cada vez que había luna llena, colmado de una desconocida vitalidad y energía.
Sin embargo durante el día me desvanecía convirtiéndome prácticamente en un fantasma, siempre atado a este pueblo y atrapado entre el mundo conocido y una dimensión descabellada y terrible con la que debía luchar cada luna llena en el pueblo, convertido en un vigilante designado por el destino y mi falta de prudencia.

Aún tenía la esperanza de que cada cierto tiempo visitara el pueblo algún turista curioso e imprudente como yo.

octubre 02, 2008

Brillo de luna

Cuando tenía nueve años, descubrí la verdad. Descubrí por qué nuestros familiares nunca venían a nuestra casa, por qué mi madre siempre hablaba tanto de u casa y por qué luego peleaba con mi padre. Por qué, cuando íbamos a algún otro pueblo, todo era tan diferente: más brillante, menos silencioso, más vivo, quizás; y entendí por qué no nos recibían, o nos miraban extraño; por qué, incluso, nos temían.
Yo tenía nueve años y no sabía nada. Esa noche me desperté y salí de mi habitación. Mis padres y mis hermanos dormían con sus puertas bien cerradas, como siempre. También descubrí esa noche por qué nos acostábamos tan tempano. Yo tenía prohibido dejar mi cama por la noche, pero tenía hambre y yo no sabía nada. Así que salí y caminé por el largo pasillo oscuro, cuidando de no hacer ruido para no despertar a nadie. En la cocina, la luna llena iluminaba la mesa, el horno y los muebles con una luz que me pareció extrañamente brillante, como la luz de otros pueblos. Tomé una manzana y me acerqué a la ventana. Afuera, los altos árboles se mecían apacibles. Todas las casas vecinas estaban silenciosas, nada se movía en el pueblo que brillaba bajo la luz de la luna. Me quedé quieta observando la rara visión de esa luz sobre la calle desierta y me pareció que el viento aumentaba y los árboles frente a las casas se agitaban y murmuraban.
Entonces, como siguiendo la danza vibrante de los árboles, pasaron ellos frente a mi ventana. En ese instante, en esa visión, comprendí toda mi corta vida y todo mi futuro hasta hoy. En el instante en que esos ojos verdes con brillo de luna se posaban en los míos y unas cosas como manos me aferraban por los hombros y me arrancaban de mi hogar, de mi inocencia, de mi infancia y de mi vida. Yo no pude ni siquiera gritar. Ya estaba condenada.

El Orfanato

Eran casi las 9 de la noche, había dejado de llover al medio día, lo cual era bueno, porque debíamos caminar hacia las afueras de la ciudad y con mal tiempo no había caso. Solo esperábamos a Rocío y Alex, que para variar llegaban atrasados.
Hacía tiempo que estábamos planeando esta excursión al famoso orfanato embrujado, la gente del pueblo no iba mucho por ese rumbo después del incendio que hace 10 años acabó con la mitad del lugar, por un lado debido a que quedaba en las afueras de la ciudad y si no ibas de viaje, no había mucho que hacer, ni ver, en ese camino. El otro motivo es que con el tiempo se empezaron a contar historias de fantasmas de niños que aún rondaban en ese lugar y es que luego del incendio, los niños sobrevivientes y el personal del lugar fueron trasladados a la capital y el terreno (junto con lo que quedaba del orfanato) fue comprado por una empresa que se dedicaba a la construcción de casas. La empresa quebró y desde entonces nadie se hace cargo del lugar dando lugar a rumores y cuentos de fantasmas y encantamientos.
Cuando finalmente llegaron los “mellizos retraso”, comenzamos la caminata hacia el famoso lugar, y afortunadamente no había gente por esos rumbos, digo afortunadamente ya que la mayoría de los adultos siempre se siente con la autoridad paternal de mandar a los menores y es más que seguro que, el ver a 5 niños por ese camino (nótese que para los mayores cualquier persona de 15 años es un niño, que ofensa) les impulsa a impedirnos continuar, o simplemente nos mandan de vuelta a casa, o de donde quiera que vengamos.
Cuando llegamos al lugar, pudimos ver tras las rejas oxidadas la gran casona abandonada, con todo el ala oeste quemada. Daba la impresión de que un gigante le hubiese pisado, dejándola deforme para siempre. El saltar la reja no fue mucho problema, de hecho hasta fue emocionante, hasta que Daniel descubrió que la entrada tenía cadena pero no candado. Nos acercamos en silencio por si había algún guardia, pero creo que el hecho de ser un lugar embrujado hace innecesaria la presencia de cualquier cuidador, porque no vimos ni oímos nada.
Cuando llegamos frente a la puerta principal fue cuando nos percatamos realmente de lo que estábamos a punto de hacer, porque como si nos hubiesen tomado por el cuello de la camisa nos detuvimos todos al mismo tiempo y comenzamos a mirarnos con nerviosismo. Rocío estaba muerta de miedo y tomaba fuertemente a su hermano por el brazo, Daniel, pese a ser el más grande del grupo tenía la cara de un bebé al que le han quitado su chupete. La única relativamente tranquila era Amparo que pese a ser la más pequeña, siempre había sido la más valiente y descarada de todos nosotros.
-Ya pues Iván- dijo Alex de pronto –tú eres el mayor, así que te toca ir adelante-
No pude evitar sonreír ya que los cuatro meses que teníamos de diferencia siempre había sido utilizado como argumento, ya sea para responsabilizarme por ser el mayor del grupo, o para quitarme autoridad diciendo que eran solo cuatro meses la diferencia entre nuestras edades. Para evitar discusiones empujé la puerta, que, como en las películas de terror, estaba abierta. Esta se abrió con una colección de crujidos, como si alguien a propósito hubiese estado preparándola para momentos como este.
Entramos todos apretados unos apegados a otros mientras nos acostumbrábamos a la tenue oscuridad inferior. El cielo se había despejado por completo y la luz de la luna se colaba por las ventanas sin vidrios y alguna que otra rendija en la derruida pared de madera. No escuchábamos nada aparte de nuestra respiración, ni ruidos extraños, ni gritos de alma en pena, hasta ahora los únicos ocupantes de la casa éramos nosotros.
El vestíbulo principal tenía tres salidas, dos a la derecha y una a la izquierda, y al fondo se podía ver una escalera que conducía al segundo piso. La salida izquierda era la que conducía hacia el ala quemada y luego de un pequeño vistazo desde la puerta notamos que no había nada que valiese la pena ver, además que las condiciones del lugar hacían que pudiese ser peligroso (como si el hecho de estar en ese lugar no nos tuviese ya preocupados hasta la médula). Una de las salidas que quedaban conducía al comedor, una gran sala con ventanales gigantes. La brisa que se colaba por las ventanas hacia oscilar los restos de tres lámparas que colgaban desde el techo con lo que estas rechinaban suavemente. De pronto escuchamos un ruido atronador que venía desde una puerta ubicada al costado del comedor. Ambas niñas dieron un grito que a mí me heló la sangre más aún que el estruendo inicial. Alex miraba hacia la puerta y se había colocado frente a su hermana. De pronto desde el interior se escucha que alguien dice:
-Disculpen, disculpen, lo siento de verdad- entonces me di cuenta que la voz era de Daniel y al instante siguiente su gigantesca cara de bebé asomaba por la puerta.
-Quería ver que había en esa sala, noté que era la cocina cuando al abrir un mueble me cayó encima una colección de ollas que estaban mal apiladas, de verdad lo siento-. Decía con esa carita de chanchito que siempre ponía cuando había metido la pata.
-Yo creo que hasta los fantasmas se asustaron con el escándalo que hiciste- fue lo único que atiné a decir, al ver su cara de arrepentido –sigamos revisando será mejor.
Volvimos al vestíbulo y revisamos la otra puerta, tras la cual encontramos lo que podría haber sido la oficina del director. Había un escritorio antiguo y un sillón de cuero. En la pared ubicada tras el escritorio había un estante con libros y una foto de un presidente antiguo. En el suelo se veían los restos de lo que pudo haber sido una alfombra y la explicación de su desaparición probablemente se encontraba en los agujeros con forma de cuevas de ratón ubicados en los rincones, un leve chillido y el correteo de muchas patitas me dio la razón. Lo que me llamaba mucho la atención era el estado del lugar, era como si lo hubiesen abandonado de repente. O sea me imagino que durante el incendio todo el mundo arrancó, pero, Y luego?, No volvieron por las cosas antes de trasladarse?, Por qué dejar los muebles?, Los libros?, eso sinceramente no lo entendía.
-¡Miren!- dijo Amparo de pronto -Aquí hay fotos, pero son vieeeejas- decía agitando lo que parecía ser un álbum.
Nos acercamos a la ventana para poder ver mejor. Al ojear las páginas pudimos ver fotos muy desgastadas de niños con pantalón corto y suspensores, acompañados por adultos con trajes que me recordaban uniformes militares. La mayoría de las caras eran alegres, y se notaba que al menos no lo estaban pasando mal cuando se sacaron la foto. Lamentablemente no podía decir lo mismo de los adultos que parecían disgustados con el hecho de tener que pasar por una tortura como esa.
Cuando terminamos de ver el álbum, dejamos de lado la gigantesca oficina y decidimos subir al segundo piso.
Tropezando en la oscuridad llegamos arriba donde nuevamente la luz de la luna se asomaba por las ventanas de un largo pasillo con puertas en su costado izquerdo.
-Te dije que trajéramos una linterna, pero tu nuca me haces ca..-decía Alex cuando un codazo de Amparo le impidió terminar la frase.
-Cállate- dijo la pequeña –Así es más emocionante. Además escucha, oyes ese sonido?-
Todos pusimos atención y efectivamente, al fondo del pasillo se oía un: Tum…. Tum, como si alguien estuviese golpeando una tabla. En formación de pánico (es decir, yo adelante y todos apretados a mi espalda), nos dirigimos hacia el ruido que provenía del fondo del largo pasillo, Mientras avanzábamos podíamos ver puertas entreabiertas que conducían a los dormitorios, en cuyo interior se veían camarotes de metal, algunos aún con sus colchones semi-intactos a pesar del paso del tiempo y de los ratones, que parecía haber colonizado toda la casa.
Mientras avanzábamos el tum… tum, se hacía más fuerte, y no sabía si era porque estaba más cerca o lo que fuese que estaban golpeando, lo estaban haciendo con más fuerza aún. Al llegar al final del pasillo encontramos la horrorosa explicación al misterio. Una puerta se golpeaba contra el marco, impulsada por el viento que entraba por la ventana, que para combinar con todas las demás, tampoco tenía el vidrio correspondiente.
Bu- dijo Alex de pronto –para estar embrujado, bien poco pasa en este lugar- dijo mientras entraba a la habitación que parecía una bodega. En realidad dentro no había mucho que ver, unos cuantos materiales de limpieza, unos muebles con herramientas y unas cajas en el fondo.
-Y esto?- dije mientras recogía una cadena del suelo –No me vayan a decir que los encadenaban o algo- decía, mientras Daniel me miraba con cara de: pobrecito.
No seas tonto, esa cadena va en esta polea, la utilizan para subir cosas desde el primer piso por esta ventana- decía mientras señalaba una pieza metálica puesta en la ventana, que yo obviamente no había visto –mi tío usaba una para subir cosas a su bodega, dijo con cara de yo sé algo que tu no.
Vamos a ver si hay algo interesante en las piezas- dije mientras salía de la bodega arrastrando la cadena como si me faltase un perro en el extremo.
El resto me siguió y empezamos a ver que había en los dormitorios, la mayoría tenía dos camarotes, un armario y un baúl. En los armarios aún había ropa y en los baúles, algunos juguetes o cosas que probablemente pertenecieron a los niños que vivían en el lugar.
La primera de las habitaciones (es decir, la que estaba más cerca de las escaleras) era la más grande de todas, ahí no había camarotes, solo dos colchones en el suelo, y en el centro había un gran tarro metálico con olor a humo, las paredes estaban rayadas con extraños símbolos, lo que produjo una desagradable sensación en mi. El resto del grupo estaba en las otras piezas por lo que no habían visitado ésta aún. Es cuando salí a llamarlos, cuando de la pieza del lado escucho a Rocío increpar a su hermano: Córtala Alex, sabes que no me gusta cuando haces eso, menos en un lugar como este- Cuando entré a la habitación (un poco más pequeña que la anterior, pero aún así más grande que las demás, vi a Rocío de manos en las caderas increpando a una fantasmagórica figura parada frente a ella.
-Sácate esa sábana, debe estar toda cochina, además te ves ridículo-le dije mientras entraba a la pieza. -Huy que son graves!- respondió Alex al tiempo que se sacaba la sábana.
En ese instante es cuando escuchamos un portazo en la planta baja, el que fue seguido por ruidos de pasos que se dirigían a la escalera.
Amparo y Daniel entraron a la pieza preguntando con cara de preocupación: Escucharon eso?, parecía un portazo. Y ahora pasos!-
Nos pusimos nuevamente en posición de pánico mientras escuchábamos atentos como los pasos lentamente subían por la escalera, haciéndola sonar como una orquesta de crujidos. Cuando llegaron a la cima de la escalera, los pasos se dirigieron hacia nosotros lentamente. Todos aguantamos la respiración mientras escuchábamos que alguien (o algo entraba a la habitación del lado). De pronto se escucharon muchas risas y pudimos ver como una repentina claridad se asomaba por pequeñas rendijas situadas en la pared que separaba las dos piezas. Cuidando de no hacer ruido miré por una de ellas y vi a tres tipos que habían encendido fuego en el tarro que se encontraba en el centro de la habitación. Uno sacaba botellas de cerveza de un bolso, el otro encendía una radio y el tercero rayaba con una lata de spray una de las tantas paredes. Miré a los demás y todos se habían acercado a mirar lo que pasaba en la habitación del lado, pero fue cuando vi la cara de Rocío que volví a sentir esa pena y rabia que no sentía hace mucho, ya que ella tenía los ojos muy abiertos y esa cara de horror que ponía cada vez que veía una llama de fuego. La tomé de la mano y le dije que todo iba a estar bien y que no se preocupara. Vi como Alex volvía a ponerse la sábana mientras me guiñaba un ojo. -Es verdad, a todos nos gusta un poco el dramatismo- pensaba mientras me ataba la cadena en los tobillos.
Realmente es necesario? -preguntó Rocío, con cara de preocupación.
Si queremos estar tranquilos acá, si- fue la respuesta de Amparo al tiempo que le tomaba la mano.
Hagámoslo realmente inolvidable, para que no nos molesten más –fue lo único que atiné a decirles al resto cuando atravesamos la pared, llorando.