Cuando tenía nueve años, descubrí la verdad. Descubrí por qué nuestros familiares nunca venían a nuestra casa, por qué mi madre siempre hablaba tanto de u casa y por qué luego peleaba con mi padre. Por qué, cuando íbamos a algún otro pueblo, todo era tan diferente: más brillante, menos silencioso, más vivo, quizás; y entendí por qué no nos recibían, o nos miraban extraño; por qué, incluso, nos temían.
Yo tenía nueve años y no sabía nada. Esa noche me desperté y salí de mi habitación. Mis padres y mis hermanos dormían con sus puertas bien cerradas, como siempre. También descubrí esa noche por qué nos acostábamos tan tempano. Yo tenía prohibido dejar mi cama por la noche, pero tenía hambre y yo no sabía nada. Así que salí y caminé por el largo pasillo oscuro, cuidando de no hacer ruido para no despertar a nadie. En la cocina, la luna llena iluminaba la mesa, el horno y los muebles con una luz que me pareció extrañamente brillante, como la luz de otros pueblos. Tomé una manzana y me acerqué a la ventana. Afuera, los altos árboles se mecían apacibles. Todas las casas vecinas estaban silenciosas, nada se movía en el pueblo que brillaba bajo la luz de la luna. Me quedé quieta observando la rara visión de esa luz sobre la calle desierta y me pareció que el viento aumentaba y los árboles frente a las casas se agitaban y murmuraban.
Entonces, como siguiendo la danza vibrante de los árboles, pasaron ellos frente a mi ventana. En ese instante, en esa visión, comprendí toda mi corta vida y todo mi futuro hasta hoy. En el instante en que esos ojos verdes con brillo de luna se posaban en los míos y unas cosas como manos me aferraban por los hombros y me arrancaban de mi hogar, de mi inocencia, de mi infancia y de mi vida. Yo no pude ni siquiera gritar. Ya estaba condenada.
octubre 02, 2008
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario