Tras el velo de luz que la tenue luna esparcía por las calles, caminaba solo un hombre al que nadie se atrevía a saludar. Decían que cosas terribles ocurrían a quienes osaban cruzar la mirada con ese que vagaba por las calles las noches de luna llena.
Los viejos ya no le temían, sólo bajaban la vista cuando se topaban con el, más los niños y las mujeres se ocultaban en sus casas apenas se escuchaban sus pasos por la calle después que el sol se ocultaba y la luna amenazante se alzaba pálida sobre las cabezas de los pobladores.
Ciertas noches, a parte de la misteriosa presencia de aquel que deambula bajo la luna, se escuchaban extraños sonidos, inconcebibles para el oído humano, e incapaces de provenir de cualquier bestia creada por la mano de Dios.
Una de esas noches yo, turista desprevenido, y a la vez incrédulo de las advertencias hechas por los pobladores, salí a caminar por el pueblo una de esas peculiares noches.
Pobre gente sencilla y limitada de pensamientos, temerosos de esta luna. – Pensaba, mientras cruzaba las calles, caminando tranquilo, viendo como le miraban con estupor a través de las ventanas y los viejos meneaban la cabeza con desaprobación, incluso con lástima, o hacían gestos con las manos señalando la locura que estaba a punto de cometer.
Así seguía caminando por las calles de piedra y casas de barro del pequeño pueblo. Tiempo atrás fue un importante asentamiento minero, ahora solo quedaban ruinas y recuerdos de la prosperidad de que había gozado antaño.
Muchos decían que acabó toda su racha el día en que encontraron una misteriosa galería al final de la mina y donde murieron todos aquellos valerosos mineros que hurgaban en las entrañas de la tierra por las riquezas y secretos de este mundo, quizás también de otro.
Las ancianas creían que sus esposos cavaron tanto que encontraron una puerta a otro mundo desconocido y terrible. Sólo uno de los mineros había sobrevivido a la tragedia, sólo aquel que había llegado a lo mas profundo. Pero tiempo después no se le vio más de día, solo se le veía caminar por las calles durante las noches, fuera de todo juicio. Hasta que desapareció definitivamente.
Todo esto recordaba haberlo leído o escuchado antes de llegar al pueblo. Tan solo supersticiones y folklore campesino, pensé.
De pronto encontré a otro ser solitario que deambulaba por el pueblo, mas bien una silueta recortada por la luz de la luna, a un par de manzanas de allí.
Se le veía caminar con dificultad, casi cojeando, y dejando un oscuro rastro tras de si.
Cuando ya estaba a unos cuantos metros de la misteriosa figura, aparecieron desde las sombras unos seres informes evocando guturales y desconocidos sonidos. No sería capaz de clasificar esos ruidos como gritos, bramidos o gruñidos, era algo totalmente desconocido para mi oído.
Las abominaciones y el misterioso hombre se batieron a duelo con insospechada violencia. De pronto la lucha acabo de súbito, cuando las bestiales criaturas se evaporaron después de un gigantesco destello lunar expelido por el hombre a través de sus ojos. Tras lo cual caia al suelo rendido y devastado.
Me acerqué a él para verlo de cerca y comprobar si seguía aun con vida.
Extraña fue mi sorpresa al encontrarme con aquel hombre, cubierto de una especie de mineral que reaccionaba con la luz de la luna y cuyos ojos resplandecían con su reflejo.
Dijo unas palabras en una lengua que no comprendí y luego perdí el conocimiento.
Dos días más tarde el pueblo completo comentaba mi desaparición tras mi caminata nocturna y la fantástica reaparición de aquel turista perdido tres años atrás en semejantes circunstancias.
Claro que yo seguía en el pueblo, pero ahora me sentía muy distinto a mi paseo nocturno. Estaba cubierto de ese extraño mineral y mi cuerpo entero reaccionaba distinto cada vez que había luna llena, colmado de una desconocida vitalidad y energía.
Sin embargo durante el día me desvanecía convirtiéndome prácticamente en un fantasma, siempre atado a este pueblo y atrapado entre el mundo conocido y una dimensión descabellada y terrible con la que debía luchar cada luna llena en el pueblo, convertido en un vigilante designado por el destino y mi falta de prudencia.
Aún tenía la esperanza de que cada cierto tiempo visitara el pueblo algún turista curioso e imprudente como yo.
Los viejos ya no le temían, sólo bajaban la vista cuando se topaban con el, más los niños y las mujeres se ocultaban en sus casas apenas se escuchaban sus pasos por la calle después que el sol se ocultaba y la luna amenazante se alzaba pálida sobre las cabezas de los pobladores.
Ciertas noches, a parte de la misteriosa presencia de aquel que deambula bajo la luna, se escuchaban extraños sonidos, inconcebibles para el oído humano, e incapaces de provenir de cualquier bestia creada por la mano de Dios.
Una de esas noches yo, turista desprevenido, y a la vez incrédulo de las advertencias hechas por los pobladores, salí a caminar por el pueblo una de esas peculiares noches.
Pobre gente sencilla y limitada de pensamientos, temerosos de esta luna. – Pensaba, mientras cruzaba las calles, caminando tranquilo, viendo como le miraban con estupor a través de las ventanas y los viejos meneaban la cabeza con desaprobación, incluso con lástima, o hacían gestos con las manos señalando la locura que estaba a punto de cometer.
Así seguía caminando por las calles de piedra y casas de barro del pequeño pueblo. Tiempo atrás fue un importante asentamiento minero, ahora solo quedaban ruinas y recuerdos de la prosperidad de que había gozado antaño.
Muchos decían que acabó toda su racha el día en que encontraron una misteriosa galería al final de la mina y donde murieron todos aquellos valerosos mineros que hurgaban en las entrañas de la tierra por las riquezas y secretos de este mundo, quizás también de otro.
Las ancianas creían que sus esposos cavaron tanto que encontraron una puerta a otro mundo desconocido y terrible. Sólo uno de los mineros había sobrevivido a la tragedia, sólo aquel que había llegado a lo mas profundo. Pero tiempo después no se le vio más de día, solo se le veía caminar por las calles durante las noches, fuera de todo juicio. Hasta que desapareció definitivamente.
Todo esto recordaba haberlo leído o escuchado antes de llegar al pueblo. Tan solo supersticiones y folklore campesino, pensé.
De pronto encontré a otro ser solitario que deambulaba por el pueblo, mas bien una silueta recortada por la luz de la luna, a un par de manzanas de allí.
Se le veía caminar con dificultad, casi cojeando, y dejando un oscuro rastro tras de si.
Cuando ya estaba a unos cuantos metros de la misteriosa figura, aparecieron desde las sombras unos seres informes evocando guturales y desconocidos sonidos. No sería capaz de clasificar esos ruidos como gritos, bramidos o gruñidos, era algo totalmente desconocido para mi oído.
Las abominaciones y el misterioso hombre se batieron a duelo con insospechada violencia. De pronto la lucha acabo de súbito, cuando las bestiales criaturas se evaporaron después de un gigantesco destello lunar expelido por el hombre a través de sus ojos. Tras lo cual caia al suelo rendido y devastado.
Me acerqué a él para verlo de cerca y comprobar si seguía aun con vida.
Extraña fue mi sorpresa al encontrarme con aquel hombre, cubierto de una especie de mineral que reaccionaba con la luz de la luna y cuyos ojos resplandecían con su reflejo.
Dijo unas palabras en una lengua que no comprendí y luego perdí el conocimiento.
Dos días más tarde el pueblo completo comentaba mi desaparición tras mi caminata nocturna y la fantástica reaparición de aquel turista perdido tres años atrás en semejantes circunstancias.
Claro que yo seguía en el pueblo, pero ahora me sentía muy distinto a mi paseo nocturno. Estaba cubierto de ese extraño mineral y mi cuerpo entero reaccionaba distinto cada vez que había luna llena, colmado de una desconocida vitalidad y energía.
Sin embargo durante el día me desvanecía convirtiéndome prácticamente en un fantasma, siempre atado a este pueblo y atrapado entre el mundo conocido y una dimensión descabellada y terrible con la que debía luchar cada luna llena en el pueblo, convertido en un vigilante designado por el destino y mi falta de prudencia.
Aún tenía la esperanza de que cada cierto tiempo visitara el pueblo algún turista curioso e imprudente como yo.
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